viernes, 13 de noviembre de 2015

Lágrimas de acero





Lágrimas de acero




Cuando conocí a Marie, aún no había cumplido veinte años. Era una muchacha frágil y delicada, de larga melena rubia y ojos de color del mar. Marie trabajaba como “petite-main” en la trastienda de un sastre, a las afueras de París. De carácter reservado y solitario, combinaba su aplicación innata con un talento extraordinario para la costura. Cortaba, hilvanaba y cosía con una destreza poco común.
Yo acababa de salir del taller de un artista maravilloso que había escogido para mí el mejor acero, el diseño más perfecto y me había afilado a la perfección para que algún día fuera la mejor aliada de una artesana única. Marie buscaba a alguien como yo. Supe en el momento en el que la conocí que había nacido para ella.
Su piel de porcelana, su sonrisa melancólica y sus ojos tristes me fascinaron desde el primer momento. Parecía no saber lo que era la felicidad ni la alegría, y yo deseaba cambiar esto, alegrar su soledad. Recé para que me escogiera entre todas las demás, y así lo hizo. Cuando llegué a sus manos, comprendí que, por fin, se había cumplido mi destino.
 Marie tenía el don de hacer de cualquier trabajo una obra de arte, era capaz de transformar como nadie un simple retal en una creación única. Su mundo era la seda, el lino, el satén. Mi mundo, sus manos. Así fue cómo nuestros destinos se unieron. No cabía duda de que estábamos hechas la una para la otra.
El talento de Marie no pasó desapercibido mucho tiempo, y su fama no tardó en salir del barrio para correr de boca en boca y propagarse como un reguero de pólvora por las calles de París. Los clientes acudían cada vez más numerosos a la tienda, todos y todas querían tener alguna creación suya. Pronto se interesaron por ella los grandes costureros de Paris y se multiplicaron las ofertas. Todos querían sacarla del pequeño taller donde siempre había trabajado y se disputaban el honor de conducirla a la gloria. Por fin, el mejor de ellos consiguió convencerla y se la llevó como quien se lleva un preciado tesoro. Sus manos de hada y su gusto exquisito hacían verdaderos prodigios y la llevaron sin tardar al éxito.
Desafortunadamente, Marie tuvo la mala idea de enamorarse de un extranjero de ojos verdes y piel aceitunada. Su acento diferente, su piel dorada por un lejano sol, le hicieron soñar, y vislumbrar paraísos inalcanzables. Después de un breve romance, lo dejó todo y lo siguió sin pensarlo.

Desperdició su talento y su futuro poniendo su vida en manos de un ignorante sin delicadeza. La vi marchitarse año tras año en antros infames, sufriendo los abusos y la violencia de aquel individuo que no la merecía. Impotente, la acompañaba en su malograda vida, asistiendo con desesperación a su declive. A pesar de los gritos, los insultos y los golpes, Marie permanecía allí y cosía. Hay gente que bebe para olvidar, otros aturden sus sentidos para no pensar, ella simplemente cosía, de sol a sol, día tras día.
Yo odiaba a aquel bruto maloliente que destrozaba el corazón de Marie y amargaba su existencia. Odiaba su nombre, su olor y hasta el aire que respiraba. Parecía que aquella pesadilla no iba a terminar nunca, sin embargo, llegó un día en que ambas supimos que aquello debía acabar. Lo comprendimos después de una agresión que había rebasado todos los límites de la violencia. Los hematomas tardaron varios días en desaparecer del  rostro de Marie, pero quedaron grabados para siempre en su alma y en mi memoria.             

Decidí que la violencia de aquel ser innombrable no iba a quedar impune. Yo era un simple objeto, pero el dolor de mi amiga había conseguido despertar en mi corazón de acero un valor que ignoraba poseer. A partir de aquel momento, esperé el momento oportuno para actuar, y mi vida se concentró en un único propósito. Todas las tardes, estirada  sobre el regazo de Marie, fingía dormir pero estaba al acecho, aguardando cautelosamente mi oportunidad.
            Pasaron días,  tal vez semanas, perdí la noción de la realidad. Solo recuerdo que el tiempo se detuvo y la vida se suspendió. Esperaba  con determinación la ocasión de devolverle a mi amiga su libertad. Por fin, una noche, el destino se puso de mi parte. Oí la puerta de entrada de la casa abrirse de una patada. El infame bruto había llegado. El cuerpo de mi pobre Marie se sobresaltó en el sillón, pero no soltó su labor y siguió cosiendo como si no pasara nada, aunque el leve temblor de sus manos delataba su terror. Yo estaba lista, consciente de que había llegado mi hora.
            Un apestoso aliento de alcohol precedió la llegada de la bestia que, sin medir palabra, entró en el salón y se abalanzó sobre Marie. En el justo momento en que sus manos se cerraban sobre su delicado cuello para estrangularla,  reuní todas mis fuerzas y me hundí sin dudarlo en su corazón malvado. Fue la experiencia más horrible y repugnante de toda mi vida. Yo había sido diseñada para cortar tela, no para matar, pero desafortunadamente, no tuve elección. Yo más que nadie odiaba la violencia por haberla presenciado demasiadas veces a lo largo de aquellos años, pero tuve que recurrir a ella cuando decidí acabar con la vida de aquel miserable. Sé que nada justifica el crimen y la muerte,  pero también sé que hay seres que no merecen el maravilloso don de la vida, porque solo causan dolor y pena a sus semejantes.  Esto fue lo que me repetí durante muchos años para librarme de aquel horrible sentimiento de culpa, para justificar mis actos.

            Desde entonces languidezco en el sótano de un juzgado cualquiera, encerrada en una caja de cartón. De mí cuerpo cuelga una etiqueta, con un escueto epitafio: arma del crimen. Odio  haberme convertido en esto. Yo  había nacido para ser la tijera de una costurera, no para matar.  Espero que sólo los jueces me recuerden así, y que mi querida Marie entienda y perdone lo que me vi obligada a hacer por ella.

            Han pasado muchos años, y ni siquiera han limpiado los restos de sangre seca que me mancillan y me recuerdan aquel horrible suceso. Odio mi cuerpo y mi propia existencia, que solo consigo soportar  por el recuerdo de Marie. Echo de menos sus manos, nuestras tardes silenciosas y las maravillosas creaciones que realizamos juntas.

Oxidándome tristemente en el silencio y la soledad, veo pasar la vida con una extraña mezcla de resignación y desesperación. Sé que nunca más saldré de aquí, que no volveré a deslizarme sobre telas sedosas, y lo peor de todo, sé que jamás la volveré a ver.

Me estoy muriendo lentamente lejos de ella,  pero a pesar de todo, quiero creer que en algún lugar, mi querida amiga ha conseguido hilvanar los jirones de su maltrecha vida, que el tiempo le ha traído el regalo del olvido, y que por fin vuelve a sonreír. 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Más allá

Más allá


En otro cielo,
al otro lado del espejo,
si algún día me marcho,
te espero...
Es otra verdad,
la otra cara de la realidad
de dónde te seguiré amando

Al otro lado del misterio,
al otro lado de la vida,
sabrás que no acaba nada,
que sigue vivo mi verso,
que voy corriendo como una niña,
en las praderas de la nada,
en los jardines del sueño...

En las noches de añoranza
me convertiré en gaviota,
robaré por ti una rosa
que dejaré en silencio,
cerca de ti, a tu lado,
antes de la madrugada...

Te observaré en silencio,
reiré al ver tu cara
cuando descubras mi rosa,
roja, sobre tu almohada,
viva como mi sentimiento,

Y sentirás alguna vez
una presencia discreta,
o un perfume, tal vez,
que encenderá tu memoria,

En otro mundo,
al otro lado del espejo
si algún día me marcho
te espero...

Es mi esperanza, es mi certeza,
sobrevivirá mi alma,
te amaré en el silencio
eterno del universo,
te esperaré más allá
Al otro lado de la vida.


miércoles, 21 de octubre de 2015

Amor a primera vista





Amor a primera vista

─¿Crees en el amor a primera vista?
            La pregunta me pareció insólita, poco propia de Hugo, tanto que dejé en la mesa la cerveza que iba a beber, y le miré. En sus ojos advertí un brillo diferente, y este detalle me hizo dudar.
            ─Yo, sí ─contesté, después de pensarlo unos segundos─, en el amor a primera vista y en el amor en general, ya sabes, soy un sentimental incorregible, pero me parece llamativo que tú preguntes algo así.
            Se rió.
            ─¡Cómo me conoces! ─admitió─. Para ser honesto, hasta ahora no creía en los flechazos, pero todo ha cambiado y hoy…
            ─No me digas que has caído ─interrumpí.   
Imaginaba que se defendería, lo negaría todo, pero guardó silencio mientras esbozaba una leve sonrisa.
─Cuéntamelo ─solté, incrédulo─, y sin omitir detalle.
            Volvió a reír, dos veces en apenas cinco minutos, hecho muy poco frecuente en él. O verdaderamente había cambiado mucho, o algo sorprendente le había ocurrido.
            ─Verás ─explicó─, todo empezó hace unos días. Después de hacer algo de limpieza en el sótano, me acerqué al “punto limpio” para reciclar todos los trastos que había decidido liquidar. Fue entonces cuando la vi por primera vez.
─ ¡Qué romántico! ─ironicé.
─El sitio no lo era, en eso te doy la razón ─contestó Hugo sin ofuscarse─, pero cuando apareció, me olvidé de todo, de dónde estaba y por qué había venido. No podía pensar, solo podía mirarla a ella. Joven, preciosa, con un pelo negro brillante y unos ojazos verdes, me quedé fascinado, totalmente enamorado.
─¿Así fue? ¿Sin más? ─pregunté, anonadado.
─No, no vayas a creer que fue tan sencillo. A pesar de lo que sentí en este primer encuentro, no me atreví a ir hacia ella, y se marchó.  Creí que la había perdido para siempre, pero al día siguiente, la encontré paseando por la urbanización.
─Qué casualidad, esto sí se llama tener suerte. ¿Qué hiciste entonces?
─No sabía cómo acercarme, no quería asustarla, ni pasar por lo que no soy, pero tampoco quería perder la oportunidad de conocerla. Caminé hacia ella, sin prisas. No pareció sorprenderse, siguió andando y cuando llegué a su altura, se detuvo para mirarme.
─¿Y qué? ─pregunté─.¿Qué pasó?
─Pues no pasó nada. Me faltó valor, y volví a casa, con las manos vacías.
─No me lo puedo creer. Tú, el seductor irresistible, ¿te rendiste tan rápido? ¿Tiraste la toalla?
─Ni siquiera tuve tiempo de planteármelo. El destino me echó una mano. Por tercer día consecutivo, di con ella en mi calle, cerca de casa. No lo pensé más, me lancé, y triunfé.
─Asombroso ─murmuré, pensativo─, me has dejado… planchado.
─Y más que te voy a dejar. A la mañana siguiente, vino a casa, y se quedó.
─No me fastidies…
─Y por la tarde, le regalé un collar de brillantes.
─¿Me tomas el pelo?
─En absoluto. Le quedaba tan bien que no pude resistirme.
─Hugo, no te ofendas, pero creo que has perdido el juicio, en serio te lo digo. Un collar de brillantes, al cabo de dos días…
─Los brillantes eran falsos.
─Vaya… ¿No te lo tiró a la cara?
─Al contrario, le encantó, no se lo ha quitado desde entonces.
Empezaba a sentirme desconcertado. La conversación estaba adquiriendo un cariz surrealista. Miraba a mi amigo, y no lo reconocía, nada de lo que decía tenía sentido, pero no parecía importarle lo más mínimo.
─Entonces, solo me queda felicitarte ─balbuceé─, ¿la has presentado ya a tus padres?
─Mañana vendrán para conocerla ─aseguró, con expresión satisfecha─, pero ya que estás aquí, te la voy a presentar. ¿Te parece?
Me sentí incómodo, sin saber muy bien por qué, pero no tuve más remedio que aceptar.
─Claro ─contesté, forzando una sonrisa─, será un placer.
─Bien ─declaró, visiblemente entusiasmado─, te va a encantar.
Sin levantarse, se puso a llamar.
─¡Noa! Ven preciosa, ven a conocer a Alejandro.
No quería admitirlo, pero en el fondo, me devoraba la curiosidad, y me quedé mirando con atención la puerta que daba al jardín, sin que apareciera nadie.
─¡Noa! ─volvió a llamar.
La puerta seguía sin abrirse, y Noa sin aparecer. Miré a Hugo, interrogante, pero no abrió la boca, se limitó a sonreír. En aquel instante, sentí un ligero roce, justo detrás de los tobillos. Al bajar los ojos, descubrí un gato, un precioso gato negro, que ronroneaba mientras se enroscaba una y otra vez entre mis piernas. Cuando subió encima de mis rodillas de un salto ágil, descubrí, estupefacto, que llevaba un collar de diminutos brillantes.
─¿Es Noa? ─pregunté, boquiabierto,mirando a mi amigo.
Su carcajada alegre me contestó.
─Serás embustero…
─Yo no te he engañado ─bromeó─, la culpa, la tiene tu imaginación.



sábado, 17 de octubre de 2015

Intemporalis, Beatriz Martin Piña comparte con nosotros sus emociones...



Buenas tardes a todos, 


Hoy, os traigo con gran alegría, la opinión de Beatriz Martin Piña, ganadora del sorteo de un ejemplar dedicado de Intemporalis, que ha tenido la amabilidad de compartir con nosotros su opinión y sus emociones después de leer la novela.



La lectura de Intemporalis ha sido un viaje delicioso que empieza suavemente, pero que se va acelerando según te acercas al final. El comienzo del viaje es muy suave, durante el cual te vas enamorando de los personajes y paisajes que te rodean para, sin apenas darte cuenta, el viaje se acelera y empieza a llenar tu cabeza con mil preguntas y empiezas a sentirte intrigada, nerviosa. También hay momentos de alegría y tristeza, incluso sorpresa. Todo tan bien narrado que en un suspiro llegas al final para disfrutar de un final mágico y sorprendente. Intemporalis me ha llegado al corazón en muchos aspectos, me he sentido indentificada con el personaje y, como escritora aficionada, envidia sana por una novela que me hubiera gustado escribir a mi y por unas frases en concreto, para mi cargadas de belleza y magia.

Michèle, espero que te gusten mis palabras, un abrazo.


Beatriz, tus palabras son preciosas, has conseguido emocionarme. Gracias de corazón, un abrazo.



Disponible en Amazon goo.gl/jSpo0h

martes, 22 de septiembre de 2015

Ganadora del sorteo del ejemplar dedicado de Intemporalis


Buenas tardes a todos,

Hoy, os traigo en esta entrada la ganadora del sorteo del ejemplar dedicado de Intemporalis, Beatriz Martin Piña. 

Querida Beatriz, te agradezco que te hayas molestado en mandarme esta foto tuya con el libro. Espero, sinceramente, que te guste,  colme tus expectativas, y que pueda, en una próxima entrada, exponer a los lectores de este blog, tu opinión sobre la novela.

¡Que la disfrutes!




lunes, 7 de septiembre de 2015

El ángel de la desesperación






















Volvieron las mariposas negras en el macilento cielo de un agónico atardecer. 
Llegaron en multitud tenebrosa, oscureciendo el horizonte de su existencia. Aprovecharon las lluvias ácidas del desengaño para multiplicarse en el oscuro silencio, antes de iniciar un viaje sin retorno desde los humedales del olvido. Portadas por los vientos sulfurosos del rencor, volvieron en tumulto de desdichadas memorias.

Aparecieron de repente, cuando por fin se había convencido de que la vida puede ser bella, de que el amor puede ser verdadero, de que la felicidad es tan simple como vivir, amar o escribir.

No quiso mirar las señales, ni escuchar la voz interior que le avisaba de su inminente llegada, no percibió el rumor ahogado de sus alas, ni el llanto de la vida devorada a su paso.

Cuando las vio, ya era tarde. Se habían posado sobre su vida, sobre su casa, oscureciendo sus sueños, privándole de luz, robándole la paz , la belleza y la alegría.

Entonces, apareció. Oscuro, eterno, trágicamente bello, con sus grandes alas entreabiertas y sus ojos de tinieblas. Al reconocerle cerró los ojos y se acurrucó en el rincón más oscuro de su cuarto, pero no logró encontrar paz, ni lugar donde esconderse.

Allí estaba, como siempre estuvo, con su gélido abrazo, sus besos amargos, sus ásperas caricias de abandono. Allí estaba de nuevo, el Ángel de la desesperación.
   






sábado, 5 de septiembre de 2015

La isla de la Imaginación, primer capítulo







Un viaje inesperado




Las escuelas habían cerrado sus puertas la semana anterior. El verano ya estaba aquí. ¡Por fin empezaban las vacaciones escolares!
Pero a Jonathan, le daba igual. Todo le daba igual. No había planes de vacaciones este año. Sus padres habían intentado animarle, diciéndole que tenía la suerte de vivir en Barcelona, donde había mil maneras de pasarlo bien. Le habían explicado que mucha gente venía de lejos para conocer su ciudad porque ofrecía muchas posibilidades de diversión, pero esto no le consolaba, ni le hacía sentir menos desdichado.
¡No tendría vacaciones! Sus ocho años no le permitían aceptar que sería el único de su clase en quedarse en la ciudad. Todos sus amigos se marchaban. Hélène se iba a Paris, Martín viajaría a Nueva York, y ¿para qué continuar? todos los demás se iban también. Todos menos él.
Este año, no podría ir a pasar el verano a Granada a casa de sus tíos, ni a Francia a visitar a sus abuelos, ni a ninguna parte… Se tenía que quedar en Barcelona, porque sus padres no habían podido hacer coincidir sus vacaciones. Su madre las cogía en Julio y su padre en Agosto. No vería a sus primos ni a sus amigos, no recorrería los alrededores del pueblo con su bicicleta, ni correría por el campo como un caballo salvaje.
¡Nada de nada!
Allí estaba, encerrado en la ciudad, solo y aburrido. Su padre trabajaba de noche y dormía por la mañana. Su madre estaba de vacaciones y le llevaba un rato a la playa cada día, pero esto no le satisfacía. Además, hacía calor y por la tarde, no había manera de librarse de la odiosa siesta. ¡Cómo le hubiera gustado hacer las maletas para irse con su familia lejos de la ciudad!
Sabía que le tocaría jugar solo, como siempre, y estaba harto de aburrirse. Hoy mismo, había agotado todas las posibilidades del día, pero no había conseguido vencer su mal humor. Había mirado los dibujos animados, había estado un rato en la piscina, se había entretenido jugando con su consola, se había incluso disfrazado de pirata. Pero se le habían acabado todas las ideas, y ahora ya no sabía qué hacer, se sentía  solo, solo y triste.
Sentado en su habitación con su pañuelo de pirata atado en la cabeza, su parche negro en el ojo, Jonathan rumiaba su aburrimiento, enfadado con el mundo entero. Era la hora de la siesta pero no tenía sueño. A su lado, su gata negra Fidji ronroneaba, perezosa.
─Si por lo menos, consiguiera dormirme un rato, la tarde pasaría más rápido ─le dijo, como si el animal lo pudiera entender.
Jonathan se dejó caer de espaldas en la cama y cerró los ojos, intentando conciliar el sueño. Al cabo de un minuto, empezó a oír un zumbido molesto que se iba intensificando, cada vez que el insecto sospechoso se acercaba a su oído. Lo alejó una y otra vez con la mano, pero el mosquito volvía insistentemente.
Cuando ya parecía que le iba a dejar tranquilo, cuando estaba a punto de quedarse dormido, un picotazo tremendo le despertó de golpe. Se incorporó, sorprendido, mientras notaba una sensación fuerte de quemadura. El insecto le había picado justo en medio de la frente.
Contrariado y a punto de ponerse a llorar, Jonathan se sentó en la cama y con la punta de los pies, buscó sus zapatillas a tientas. Se levantó y se acercó al escritorio. Apartó la silla y se inclinó para verse mejor en el gran espejo colgado en la pared, apoyando sus codos en el mueble.
La cabeza le empezaba a dar vueltas y se sentía un poco mareado. Se dejó caer hacia atrás, en la silla.
─¿Qué me pasa? ─se preguntó inquieto─, no me encuentro bien. ¿Qué tipo de insecto me habrá picado?
Volvió a acercar su cara al espejo. Su reflejo le pareció ligeramente borroso, pero distinguió como una aureola roja se iba formando en segundos en medio de su frente, y se empezaba a hinchar.
El pañuelo de pirata anudado en la nuca y enmarcando su carita asustada le daba un aire cómico, así como el parche negro que se había movido y le tapaba solo medio ojo.
─¡Guay!
Sonrió a pesar del mareo que le invadía
─¿Verdad que parezco un autén­tico pirata Koko? ¿Tú qué crees lorito? ─le preguntó al loro de peluche que se balanceaba en un palo de madera colgado del techo. Pero evidentemente, el loro no le contestó.
Cuando Jonathan se acercó de nuevo al espejo, se dio cuenta que se había formado una niebla grisácea, que iba volviéndose vez más densa.
─¡Huy! ¡Qué mal estoy! Veo doble, me parece que tengo fiebre. Fidji, no me encuentro bien.
Y pronunciando estas palabras, se tambaleó. Su cabeza se inclinó hacia delante. En el momento en que su frente tocó el espejo, su sorpresa fue mayúscula. No recibió  la sensación fresca que esperaba. Tuvo más bien la impresión de apoyarse en algo tibio y blando, casi gelatinoso, algo que parecía ceder a la presión y se hundía.
Se asustó. Su primera reacción fue echarse hacia atrás precipitada­mente. Luego, al ver que no sucedía nada, se dejó llevar por su natural curiosidad. Se acercó y muy lenta­mente, con mucho cuidado, extendió la mano. Tocó lo que hasta ahora era el espejo, observando, atónito como su mano desaparecía en su interior. Intrigado, la movió para intentar adivinar donde había entrado,  pero no notó nada.
Decidido a averiguar lo que estaba pasando, se subió al escritorio, se sentó encima de la mesa, volvió a pasar una mano a través del espejo, la segunda, una pierna y luego la otra. Por fin, sin atreverse a abrir los ojos, pasó la cabeza y el resto del cuerpo hasta que… se precipitó en el vacío. El corazón le dio un vuelco mientras se sentía caer.
¡Chaf!
¡Agua! ¡Agua helada! Abrió los ojos, asustado, y cuando vio donde se encontraba, abrió la boca, muy grande, para gritar. Pero fue incapaz de emitir un sonido. La sorpresa le había dejado mudo.
 Se encontraba solo en medio del mar, bajo un sol de justicia. Sin darse cuenta, instintivamente, se había puesto a nadar.
─Es la fiebre, me he dormido y debo estar soñando ─pensó, inten­tando frenar el pánico que le invadía─. Si cierro los ojos y los vuelvo a abrir, seguro que despertaré.
Y así lo hizo pero no, no se despertó. Si aquello era un sueño, debía ser una pesadilla. A su alrededor flotaban barriles, trozos de madera, restos de objetos que parecían provenir de un naufragio. Delante de él, a lo lejos, se divisaba una playa, una isla montañosa…
¡Estaba solo!
Se acercó como pudo a un viejo baúl entreabierto que flotaba a unos metros de él y se agarró desesperada­mente.
─Esta isla parece desierta─pensó,  nadando con todas sus fuerzas─, y tengo  que llegar como sea. Este baúl no flotará mucho tiempo. Además, podría haber cualquier cosa en el mar, tiburones, monstruos, cadáveres… ¿Qué sé yo?
Este pensamiento hizo llegar una ola de calor a su estómago que se empezó a encoger, pero no cedió al pánico. Se obligó a controlar su respiración, como se lo había enseñado su madre.
“Si nadas tranquilamente, puedes nadar mucho tiempo” le repetía siempre”. Eres muy resistente pero tus nervios te colapsan. Olvídate del miedo, olvídate de que nadas, simple­mente hazlo, con tranquilidad…”
─¡Mamá! ─murmuró─ ¿Dónde es­tás?
Durante unos instantes, sintió unas enormes ganas de llorar. Pero no tenía tiempo para compadecerse de sí mismo, tenía que nadar y llegar a la orilla.
Una gaviota burlona pasó volando, bajó en su dirección hasta rasar su cabello. Le interpeló con una sonora carcajada.
─Deja de llorar, criatura, ¡ya tenemos bastante agua aquí!
─¡Cállate pajarraco! No existes. ¡Fuera de mi sueño!
─Si esto es un sueño, deja de nadar y despertarás. ¡Anda! ¡Pruébalo!
Jonathan lo probó y se hundió de golpe. Desapareció instantáneamente en las aguas heladas. Se asustó, pataleó, se debatió y bebió un gran trago de agua salada, pero afortuna­da­mente no se ahogó. A pesar de un ataque de tos, consiguió mantenerse a flote y seguir nadando.
No, no se trataba de un sueño.
Una enorme figura de proa pasó flotando a su  lado. Representaba un niño, un niño de su edad y su aspecto le recordaba mucho a alguien.
─¡Ahí va! Pero este soy yo!
Debajo de la figura el nombre del barco: El aburrimiento. Pensó que sería el barco que había naufragado allí, pero ¿por qué  se le parecía la estatua? No entendía nada.
Media hora después, Jonathan llegó por fin a la playa, completamente agotado, y se dejó caer  sobre la arena dorada y caliente. Antes de que pudiera descansar, una voz estridente le interpeló.
─¿Qué tal, marinero de agua dulce? ¿Piensas pasar todo el día durmiendo?
Jonathan abrió los ojos, levantó la cabeza y vio una silueta que le resultó familiar. Era un loro, un loro verde y naranja que se parecía mucho a…
─¿Koko? ¿Eres tú? Pero, ¿qué te ha pasado? ¿Estás vivo?
─¿A ti qué te parece? ─se desgañitó el loro─. ¿Acaso tengo pinta de pájaro muerto? Un poco de respeto, por favor.
─¿Qué haces aquí?
─¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, pirata.
─Pues ya me lo explicarás, porque yo aún no sé lo que hago aquí. No sé cómo he venido, ni cómo voy a volver a casa.
─Vamos a ver niño, no te pongas a lloriquear, que tienes ocho años ya. ¿No te aburrías hace un momento? ¿No querías ser pirata?
─Sí pero…
─¡Nada de peros! ¿Dime, que buscan los piratas? ¿No lo sabes? Piensa un poco, haz un pequeño esfuerzo… Buscan un TE SO RO.
Ahora levántate y mira alrededor, dime, ¿qué es lo que ves?
─Una isla.
Koko puso los ojos en blanco, como si se le estuviera agotando la paciencia.
─No jovencito, respuesta equivo­cada, esta no es una simple isla, no es una isla cualq uiera. Es una isla desierta y misteriosa, y quien dice isla miste­riosa dice TE SO RO. ¿No has leído el libro?
─¿Qué libro?
─”La isla del tesoro”.
─Ya sabes que no me gusta leer.
─Me parece que no empeza­mos muy bien ─masculló Koko─. Bueno, da igual, ¡a lo que íbamos! Hoy es tu día de suerte, marinero, se acabó el aburrimiento y comienza la aventura.
─¿La aventura? ─repitió Jonathan perplejo─, ¿qué aventura?
Koko suspiró profundamente.
─Está visto que tengo que expli­cár­telo todo, muchacho. Estamos en la isla del tesoro, y ahora, solo nos falta encontrar el mapa que nos lleve a este tesoro. Por lo tanto, ¡pongámonos a buscarlo, pero ¡ya!
Jonathan, aún aturdido por todos estos acontecimientos, pero reconfor­tado por el hecho de tener compañía, volvió a anudar el pañuelo rojo sobre sus cabellos rubios y a colocarse el parche en el ojo. Sus mejillas, tan blancas habitualmente, empezaban a ponerse de un bonito color rosa. Miró sus pies, y se dio cuenta de que no llevaba zapatos, pero prefirió no protestar más y siguió el loro.
Se pusieron los dos a revisar los objetos que yacían esparcidos en la arena, a lo largo de toda la playa. Jonathan encontró unos catalejos, un cuchillo que se ató a la cintura, y el loro le trajo una bolsa de cuero. La abrió y vio que contenía una caja de cerillas. Decidió que podía serle útil, y se puso la bolsa en bandolera. También se hizo con unos viejos zapatos con suela de cuerda un poco grandes para él. Lo demás no era de ninguna utilidad.
¡Del mapa, ni rastro!
─¡Piensa!, chico, ¡piensa! ─gritaba el loro con su voz estridente─. ¿Dónde puede estar el mapa?
─¿En el baúl tal vez?
─¿Qué baúl?
Jonathan corrió hacia el viejo cofre que flotaba todavía en el agua. Lo arrastró sin dificultad, lo que probablemente era señal de que estaba vacío. Después de llevárselo a la arena, inspeccionó su contenido sin demasiada esperanza, mientras Koko se posaba en el borde del baúl para verlo todo mejor.
El corazón le dio un vuelco cuando en su interior, vio un pergamino enrollado. Estaba mojado, pero afor­tu­na­da­mente, el agua no había borrado las inscripciones. Era un mapa de la isla, con un camino, señalado en rojo que la recorría. En varios puntos del recorrido, había signos de interro­gación. Jonathan y Koko conta­ron hasta siete. Al final del camino, dentro de lo que parecía un volcán, habían dibujado un cofre con un corazón en su tapa.
En el fondo del baúl, en una pequeña bolsa de terciopelo, Jonathan encontró un cristal de roca tallado en forma de corazón, similar al símbolo del mapa.
Su pureza y transparencia eran extraordinarias y no presentaba nin­gún defecto.
Jonathan miró una y otra vez la piedra y el mapa, sin conseguir hallar la relación entre ambos. Después de guardar cuidadosamente los objetos en la bolsa, se pusieron en marcha. Dejaron atrás la playa de cocoteros y cogieron un sendero que se adentraba en la isla, serpenteando montaña arriba entre la vegetación.
Al cabo de un rato, Jonathan desplegó el mapa y lo miró atenta­mente.
─¿Qué debemos encontrar pri­mero, grumete? ¿A dónde vamos?
─Parece que debemos buscar un puente suspendido, Koko,  míralo,  está dibujado aquí. Pero justo antes de poderlo cruzar, hay un interrogante en el mapa. ¿Qué querrá decir? Todo esto es muy complicado y empiezo a tener hambre.
─Jona, no pienses en tu estómago ahora, compórtate como un pirata, ¡abre bien los ojos!
─Vale, si tú te comportas como el loro de un pirata y te subes en mi hombro, pero, ¡Huy! ¡Me estás clavando tus uñas!
─No gimotees, ya no eres Jonathan, niñito de ciudad, ahora eres el temido John Silver, alias  Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!


Long John─, gritó el loro con voz discordante.
Jonathan se puso a reír, y ambos se fueron cantando a dúo: “Jo, jo, jo, y una botella de ron”.
─Por cierto, ─preguntó Jonat­han─, ¿quién es este Long John?
─¡Ay, muchacho! No me digas que no sabes quién es.
─La verdad es que no, no tengo ni idea.
─Es el pirata de “La isla del tesoro”, uno de los libros que todo niño tendría que leer. Es la historia de un niño que conoce a un terrible pirata llamado Long John, y de una isla misteriosa, con tesoros escondidos. Es uno de estos libros que no puedes soltar cuando lo empiezas. Te convier­tes tú mismo en el héroe, viajas, buscas el tesoro, ¡Es genial!
─Puede que un día lo lea ─afirmó Jonathan─, quizás no sea tan aburrido al fin y al cabo.
─¡De aburrido, nada! ¿Te aburres aquí?
─De momento, no he tenido tiempo ─contestó Jonathan con una sonrisa.
─Pues leer es esto ─explicó Koko─, es vivir aventuras, es sumer­girse en un mundo diferente y olvidarse del tiempo. ¡Leer es no aburrirse nunca!