jueves, 21 de enero de 2016

De luces y de sombras...









Otro mundo, del cual aún no había advertido la existencia, latía con fuerza más allá del recinto protector de mi familia, un mundo desconocido, oscuro y peligroso, de colores macilentos y callejones sucios. Iba a descubrir muy pronto que la necesidad, la suciedad y la promiscuidad dictaban las reglas de aquel universo paralelo, cuyo lenguaje era abrupto y desconocido. Los seres que lo poblaban no tenían esperanzas, valores morales o futuro posible, solo un instinto salvaje para sobrevivir, día tras día, a cualquier precio. Hubiera podido crecer feliz y despreocupado, ajeno a aquella realidad distinta. Hubiera bastado con respetar las reglas de mis padres y no traspasar la delgada línea que separaba ambos mundos. Pero era joven, me devoraba la curiosidad, tenía un irrefrenable deseo de infringir las normas impuestas, y salir del camino marcado. Así que un día, abrí en grande la puerta que llevaba al otro mundo.
Por ella entró, o mejor dicho, irrumpió Sophie y revolucionó mi vida. Desde el primer momento me gustó su cara blanca llena de pecas, sus ojos verdes que resplandecían de inteligencia, su melena pelirroja indomable y su carácter optimista. En seguida mi fascinó su audacia. Sophie era todo lo que yo no me atrevía a ser. Contestaba a los profesores, faltaba a menudo a  clases y, por lo general, no hacía los deberes. No temía a nada ni a nadie. Ella no vivía en una casa bonita, ni se había criado en una familia cariñosa, no tenía nada que perder. Vivía con su madre y tres hermanos más, en un barrio marginal de la ciudad. No teníamos nada en común pero nos hicimos inseparables. Yo jamás había tenido amigos. Hasta la fecha, había dedicado mi tiempo libre a estudiar para sacar buenas notas, complacer a mis padres y construirme un futuro. Así me habían enseñado mis padres, y nunca lo había cuestionado. Pero cuando la conocí, todas mis certezas se tambalearon. Empecé a dejar los libros, a hacer novillos, a mentir. Pasé de buscar la aprobación de mis padres a buscar la de Sophie. Estaba dispuesto a todo con tal de verla feliz, quería ser merecedor de su admiración y ganarme, primero su amistad, luego su amor. Un día, a la salida de clase, me llevó a la sección de bisutería de unos grandes almacenes y me pidió que le comprara una gargantilla. Le contesté que no llevaba dinero. Entonces me miró a los ojos, me besó lentamente, y me pidió que la robara para ella. Se me revolvió el estómago, pero no quise ver cómo  se apagaba la luz de sus ojos, y lo hice. Me salió bien, fue mi desgracia, y creí de repente que era el más listo del mundo y que la suerte estaba de mi lado. Me acostumbré a estos hurtos que cada vez se volvieron mayores, que empezaron a crecer al mismo tiempo que las exigencias de mi amiga. Mis padres, que habían advertido mi cambio progresivo, asistían impotentes al declive de mis resultados escolares. Me estaba alejando de su mundo, irremediablemente. Intentaron en vano sermonearme, castigarme, hacerme entrar en razón, pero la pasión que sentía por Sophie era más fuerte, y nublaba mis sentidos. Ya era tarde para volver atrás, me había acostumbrado al otro mundo, a su ausencia de normas, a sus victorias fáciles, a sus luces de neón y me sentía incómodo en el mío.  
Escogí el mundo oscuro, el sinuoso sendero de la perdición, mientras que mis hermanos prefirieron no salirse del camino, y crecieron en el mundo claro de la decencia familiar. Me detuvieron una vez, luego otra, y años después, como era de esperar, acabé en la cárcel. Sophie se había olvidado de mí  mucho antes, en el mismo instante en que la suerte me abandonó.
Los años me otorgaron tiempo para pensar, sabiduría para arrepentirme y deseo de volver atrás, pero era demasiado tarde. Intenté regresar al mundo claro de mi infancia, pero no logré encontrar el camino de vuelta. Así que abandoné la delincuencia, y me marché. Me fui, sin mirar atrás, ligero de equipaje, y decidí encontrar mi propio espacio, escoger mis propias normas, fundar mi propia familia. Decidí enseñar a mis hijos el mundo real, sin barreras, traté de no esconderles la verdad y darles los conocimientos y las armas necesarias para escoger su propio camino. Escogí no levantar muros entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, para que no tuvieran tentación de derribarlos. Decidí no cerrar la puerta a la verdad, y, simplemente, la dejé entreabierta.  


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